La lucidez de los durmientes: sobre Somniloquio de Beatriz Torres

 

A fines del año pasado Beatriz Torres tuvo la gentileza de invitarme a presentar Somniloquio, su primer libro de poemas. Desde el título, Somniloquio nos propone un reto —el habla desde la inconsciencia— y expresa una necesidad —decir sobre lo que no es tan visible pero se ha podido advertir—. Más allá de la ineludible condición femenina y una temática de perspectivas que se resuelve en los estadios de lucidez y sueño, las cuatro secciones de Somniloquio proponen una unidad temática personal que nos entrega una poesía que arriesga tanto como alcanza a decir.

Si Somniloquio establece un diálogo deliberado con alguna poesía es, sin duda, con la poesía de vanguardia hispanoamericana. Antes de hablar de libros y autores, es interesante advertir que esa condición de libro primero que mencionaba antes se revela en dos aspectos: el ímpetu o la fiebre de decir, de definir lo que se ve en un instante y se captura en la escritura de manera casi obsesiva; y luego la voluntad de afirmar una oposición ante el mundo, ante lo normal, ante los otros. Pensaba en libros como Altazor de Huidobro, algunos de Girondo o como los de Alejandro Peralta, los poemas de Magda Portal y la poesía de vanguardia peruana en general, porque en ellos es posible ver que la enunciación se presenta como una necesidad y a la vez como la delimitación de una frontera.

¿Qué fue eso?

horario bípedo

atajando extraviado en lo oscuro

latido débil síncopa arrítmica

taranza verbal de la fatiga

parece que la madera

expele su aliento húmedo

o la rata artera husmea en mi nariz

silencio pido a las cañerías hambrientas

cesen la cabal gata

que cae el techo

en mi espejismo al borde de la cama

El libro se abre con estos versos que funcionan casi como un exordio. Asistimos con ellos al inicio de un viaje mental, un viaje en el que la conciencia de la voz que sueña se concentra más allá de los ruidos y los lugares, y se instala en un lugar para concentrarse en el espejismo del sueño:

Mis ojos están activados

dormido el blanco que amanece

cuando el sol se queda en la cama

anticipando los juegos

la cortina y el rayo desde el patio

escrutar cada hueco del cemento

de la cómoda

puerta

mesa

silueta

marasmo amarillo

Tanto la temática del sueño como un reto a la realidad, al orden establecido y a la disposición de los sentidos, como la disposición espacial de la palabra en el papel siguen los temas y el trabajo de la estética de vanguardias. Sin embargo, el inicio del viaje agota esa inconformidad que, aunque se repite, continúa sin agotarse también en las otras secciones del libro. Es curiosa una división en secciones, pues tanto la estética que sigue Torres como la naturaleza del libro parecen eludir o no necesitar esa división y podrían leerse como una colección de poemas; en todo caso, eso no es un obstáculo para la lectura. Más que tomar las divisiones como un elemento de orden, como una cuestión de programa, se les puede asumir como una analogía de la habitación, el espacio del sueño, donde todo lo descrito y mostrado acontece.
Más allá de cuestiones formales, son dos las dinámicas en que el habla del sueño se revela, sucesivamente. Sin duda, la oposición inicial presenta un juego que busca introducir al lector en el lenguaje del sueño. Los poemas de esta impronta —como en las citas iniciales—buscan romper o desterrar el entendimiento normal o diurno, buscan alejarse de una normalidad a la que se renuncia para ver lo que dice el inconsciente.

En el espejo lunar

me he mirado

descubro una sombra desfigurada

mis ojos y ese yo

del jardín han venido a vestirme

hormigas y otras que sudan en el baño

cucarachas refugiadas en los cojines

a desafiarme burlas

polillas en collage sobre el vidrio

se solean del fluorescente

arañas tejiendo mi pelo

escupen a mi mala memoria

pulgas conversando entre mis dedos

riendo por mi estatura (23)

Tras un intento por reconocerse a sí misma en un espejo —el nocturno—, la descripción del cuerpo que sigue en el poema muestra, en contra de lo esperado, la irrupción de lo ajeno, de lo externo, en contacto con el cuerpo. Este contacto, que puede ser entendido como el asomo de lo temido, representa una interacción en la que los insectos enumerados degradan el propio cuerpo, proponiendo un orden que invierte los estados más naturales, una normalidad distinta y así aceptada.

Por otro lado, si en el sueño la realidad se ha desbordado hasta hacerse incontrolable, el libro es coherente al proponerse como escritura de autoexploración. Pese a que los poemas insisten en repetir una escena natural interrumpida por elementos ominosos —que proceden de lo real o lo reenfocan en la búsqueda de sensaciones como el asco—, lo que hace a este libro diferente es que esa fascinación por describir poéticamente una realidad desbordada por los miedos se completa con un proceso de autoconocimiento que sobrepasa el juego de las formas.
Y aunque el autoconocimiento es una forma de enunciación y hasta una temática frecuente en nuestra poesía escrita por mujeres desde los años setenta, lo interesante es su juntura con una estética que en nuestra tradición solo ha estado destinada a decir bellamente imágenes terribles, sin más. Aquí no todo se queda en el sueño o en lo lírico, sea visual o sonoro (que no se trabaja demasiado en el libro): lo terrible delimita con claridad lo que se teme, lo que se ignora y lo que no se conoce debido a un exceso del inconsciente, constantemente interpelado y expuesto:

Me siento en exilio

cuando el sol inverna en mi techo

el único resplandor cuando tras el marco de madera

festejan las pulgas el suicidio del insecticida

Cuando con las piernas cruzadas

la cama se hace balsa

el suelo

escoria movediza sedienta de mí

tambaleo oxidante

cara como excremento pisado

del rojo de mis uñas

mi aliento (41)

La claridad de estos poemas llega justamente cuando, más allá de continuar el juego de lo ominoso en el sueño, la adversidad de las escenas se convierte en dominio, en una situación donde las condiciones agrestes no dañan ni atemorizan a la voz. El espacio que la escritura crea, planteado como un viaje nocturno, termina en la espera por el amanecer, en el final del sueño y el retorno al mundo real. Es por ello que lo real no es el sueño, sino tan solo lo que se ha dicho sobre él. Para comprenderlo están unos epígrafes a manera de obertura y cierre, que de forma imperativa proponen una clave de lectura. Aunque se trata de un elemento que es impropio a la tradición poética de vanguardia, estos elementos son compatibles con los poemas porque hablan de las mismas oposiciones que se puede encontrar en la lectura: la realidad y lo imaginario, lo diurno y lo nocturno, lo común y lo inasible, esto último acaso combatido intensamente.

 

Carlos Vaquerizo - Fiera Venganza del Tiempo

Cinco ediciones del festival Novissima Verba de poesía, organizado por la editorial Estruendomudo me sirvieron para conocer lo que pasaba en la poesía joven limeña y peruana (en cierta medida), pero sobre todo para traer a poetas extranjeros con proyección. El V festival, realizado en 2006, me dejó una grata sorpresa: Fiera venganza del tiempo(Madrid: Rialp, 2006), de Carlos Vaquerizo, con el que recibió el premio Adonais de ese año.

Comenzando en las formas y separado de ellas por una oralidad breve y expresiva, la estética de Carlos Vaquerizo en Fiera venganza del tiempo es un buen ejemplo de que una visita a los clásicos siempre es un viaje distinto. Compuesto por siete secciones que se entienden mejor como colecciones temáticas, la mejor expresión de la estética de Vaquerizo es su conciencia del diálogo literario que se efectúa tanto con la propia poesia y con ciertos motivos temáticos, como con los sujetos autoreflexivos que nos insinúan verdades desde los poemas. Esa voluntad temática es dominada por una posible voluntad en el orden de las secciones: Orígenes, La herencia, Infancia, La Belleza, Tiempo en travesía, Psique y el tiempo, y Eros, disposición que no es necesario pensar mucho para deducir un orden vital, o la señar de una cronología.

Esa fe en lo cíclico se confirma desde los poemas de la primera sección. Veamos dos:

Génesis

En el principio la bondad de ser,
la voluntad de ser sobre las dudas.
Ir descubriendo el mundo y sus prodigios,
y la dicha, en su entorno amenazante,
esperando poderse desatar.

La lluvia

Nada existía, pero de repente
la lluvia se entregó, y en mi costado
sentí dolor, la soledad del hombre
que no alcanza los sueños ni los gozos
que existen, tras la lluvia.

Contra las posibilidades de la escritura poética, que en muchos registros se completa mediante la recarga de imágenes, Vaquerizo dibuja solamente una serie de detalles necesarios para completar escenarios e imágenes que representan estadios que fluctúan entre el final y el comienzo de algo, como dialogando y reviviendo la escritura apocalíptica. Allí donde la escena es ambigua y confunde final con comienzo, Vaquerizo produce un lenguaje que lleva incluso a la incertidumbre de lo que afecta (el caso de La lluvia), a un estado de quietud completamente natural.

Sin embargo, esa convicción de lo cíclico está presente en todas las etapas comentadas. Comparto para ello el poema VI de la sección La Herencia:

Cada estación: un simulacro, un fuego
originario, cíclico, que vuelve
a modelar la vida, su caracter.
Nos recuerda que la metamorfosis
de lo mismo gobierna nuestras vidas
y es toda nuestra herencia, lo que queda
y sigue siendo para todos, siempre.
Nuestra herencia es el tiempo y sus demonios,
el cielo, el mar, la duda entre las olas.

El acto de depositar la duda en lo material, de localizar lo ambiguo, es una forma de localizar lo amenazante, de manera que parezca salvable, resctable. Además de su fe en los ciclos estacionales, los poemas de Vaquerizo parecen intentar un retrato exacto, un detalle del preciso momento en que el estado cíclico de muerte y el de regeneración se encuentran.

El dominio de esta temática se ve reforzado por un dialogo con algunos clásicos citados y nombrados en los poemas (en la sección La Belleza). Sin embargo, esa inscripción en un canon es una forma de entrada que atraviesa dos constantes: por un lado, la funcionalidad de la poesía, "ofreciéndonos un verso que nos descifre el mundo" (La Busca); y por otro, la vía estética como forma de singularidad

La Belleza

Ignoras como puede la hermosura
deshilacharse como un mar de humo
y herirte como isla o como llanto
mientras sientes que dejas de existir.

Si antes la experiencia de escritura aparecía limitada por escenas inciertas, ahora se impone otra barrera: una función de las formas. Es interesante el hecho de que esa sensación de disfrute estético demande a la muerte, como la aceleración tiempo y del proceso vital mientras se contempla el mundo exterior. Comprimir esa experiancia es un proceso que no se reduce a la extensión de los versos, lo interesante es que esa ssensaciones habiten, tan vivas, en tan pocas líneas. Un poeta muy recomendable.

Luis Hernández

Es el Sur quien nos lleva y nos olvida
Hacia el alba postrera. Sus presagios,
Aprendidos sin miedo en las estrellas,
Son tan sólo la forma como el agua
Centellante ha llegado.

Piscis, de Las Constelaciones.

Pablo Guevara: 1930-2006


Recientemente han desaparecido muchos poetas peruanos emblemáticos. Aunque lo que nos está pasando lleva a que los referentes se borren, y ante su ausencia, a una nueva problematización de la importancia de sus obras, es necesario apuntar hacia algunos con especial atención, sobre todo porque la muerte, asi como redirige las luces, a veces puede llegar a apartarlas. El caso de Pablo Guevara (1930-2006) es muy particular: cinco libros de poesía publicados y una gran actividad como profesor y autor nos han dejado libros de poesía memorables. Perteneciente a la generación del 50 de nuestra poesía, quiero destacar ahora dos de sus libros: Hotel de Cuzco (1971, reeditado en 2000) y Un iceberg llamado poesía (1998, Premio Copé de Poesía).
Sobre el primero ya se puede decir bastante: además de asumir una reflexión sobre ideologías de izquierda leidas poéticamente, lo que Hotel de Cuzco propone es una visión de la ciudad donde lo resaltado es la experiencia que se atraviesa en ella, donde el escenario queda un tanto difuso o indeterminado, ello en parte porque lo que importa son las escenas mentales que deja la aventura, y en parte porque se trata de un proceso de instrospección que recurre a una estética marxista con la finalidad de señalar que lo ideológico habita lo real. Claro que en su momento eso se asumio más como moda o como soporte difuso y antojadizo, especialmente por quienes no ven coherencia en el esfuerzo de pensar liricamente desde una ideología; pero no hay que olvidar que es poesía y lo que importa es la conjunción entre tema y estética, sobre todo cuando en esfuerzos similares hay mas fracasos que éxitos.
El otro libro de Guevara es el no menos importante Un iceberg llamado poesía. Una poesía prolija, musical y sucesiva discurre por las paginas de un poemario que tiene la densidad que le es caracteríastica a los poemarios que dejan fluir el lenguaje, me refiero al tipo reflexivo que busca reproducir un largo monólogo con efectos de espontaneidad, o lo que se denomina poema río. Un iceberg llamado poesía nos habla de una voz que se ha dedicado a pensar sobre la propia trayectoria desde la experiencia acumulada, experiencia que por momentos suele ofrecer perspectivas verdaderamente impactantes. Ese libro de Guevara es, a mi parecer, uno de los pocos libros notables que el premio copé ha galardonado.
Tuve oportunidad de conocerlo en 2003, cuando fue panelista en el coloquio Martín Adán, organizado en la PUCP. Allí pude atender a sus reflexiones estéticas sobre la obra de un poeta que todavía es intriga y misterio cuando se le lee y cuando se le interpreta. Guevara ofreció en ese momento un acercamiento que apuntaba a pensarle los textos simplemente como poemas, no pensando tanto en el sentido, que vendría solo. Es una buena forma de acercarse a poemas que trabajan solo el plano estético, como el caso de Eguren, por ejemplo.
Semanas después de su muerte se publicó Hospital, libro que Guevara venía perfilando y corrigió hasta concluirlo en los meses que permaneció en cuidado, proceso que concluyó con su muerte. Se trata de un testimonio poderoso y desgarrador de una persona que vivió entregada a su oficio y que nos deja unos textos que siempre volveremos a visitar.

Fantasmas

No nos pueblan aquí sino fantasmas, la inagotable suma
de aquello que se cambia lentamente por inundación
y por congoja, un temor innecesario que trastorna
hasta borrar el flujo de las cosas: ese giro acostumbrado
con que se cambia el presente hacia memoria,
eso que nunca controlamos, pero que ahora
—como el mar sobre las costas asfaltadas—
en la mente saturada nos abrasa, y nos dispone a decir
—en un acto de muerte o de furor— estas palabras.

Los ríos -en invierno-

Mas ahora yo apelo a los orígenes,
pues en tu fase a este mundo vine,
y me quedé por siempre padeciendo
de los desdenes silenciosamente

Carlos Germán Belli

la muerte solo dura una estación

Ezra Pound

Me parece tan humano ese temor,
esa huella que en la piel nos deja intacta
una señal de estación cuando atardece
y unos fieles que regresan a sus casas
para nacer con el sol.

En el puerto de noche anclan las naves
donde fieles oscurecen los senderos,
un claro resplandor ahora separa
la paz inanimada de los sueños:
una sombra aparece de la nada,
se queda solitaria, allí existiendo.

Antes era ese mar quien nos habla
de un camino que llevaba más allá
de las puertas y ventanas del pueblo,
la ciudad que arrebata la mirada
para inventar el tiempo va extinguiendo
las cosas que uno ha visto caminar;
hoy sabemos también que el mundo habla
con el giro del sol amaneciendo.

Cuando el ojo dice formas que avasallan
el hombre se sumerge, sin ademán de palabras,
en el cuerpo que lo ha envuelto sin preludios
ni extensiones de secreto: el mismo hombre
repite varias veces, todas por la mañana,
el rito del silencio, el habla solitaria
a un más allá tangible que lo ha vuelto
el centro de sus miedos, la mirada,
el eje más incierto que lo asombra
y transforma en lo que calla, y va girando
hasta ceder al agua, ya secreto.

Así llega el pescado a la mañana,
la palabra a la mesa, el hombre habla
con el cansancio del cuerpo, la mañana
extensa sobre el río que es incierto
—como la vida misma cuando calla—
nos habla con su furia acostumbrada
el idioma del mar amaneciendo.

La ceniza hablará de otras mañanas
de cubrir con su sal el movimiento
de desplegar una sombra
sobre el rayo que es eterno,

el sonido de los puentes bajo el agua
y un andar por debajo hasta la muerte:

no habrá estacas para andar otra mañana.

La ciudad vacante enreda el miedo,
cómo borrar el mapa, establecerse
en medio de la nada; una escritura
sin tinta ni palabras, huella de agua,
la levedad y el rito que contienen
un círculo de sal en el silencio
y manchas en el alma.

Ya ninguna mañana que esperar
ni otro valle que habitar bajo las aguas.

La ceremonia errática del río
—rictus de tierra y penumbra—

un horizonte imposible & nuestras manos

sin tiempo para asirse
después de la mañana.

Parque, segunda entrega de Carlos Wertheman

La primera noticia que tuve de la poesía de Carlos Wertheman fue hace varios años ya, cuando aparecieron poemas suyos publicados en Peregrín, esa plaqueta que durante muchos años (no sé si sigue circulando) presentaba inéditos de autores jóvenes. No diría mucho si hablo de su tendencia al verso libre o sus inclinaciones al retrato de la subjetividad en el espacio urbano, pero tal vez si hallaba en esos poemas alguna fascinación o descentramiento semejante al que me producen los buenos poemas. En 2005 Carlos publica City, un libro de doce poemas que vuelven a la temática anunciada: la fragmentación urbana y la experiencia de la individualidad. La posmoderna desconexión que experimenta el sujeto de City respecto de su entorno urbano reconstruyen el efecto de relaciones con una ciudad que se vuelve una capsula impropia que enajena y desconecta, a veces de las esencias, de uno mismo, de lo que se ama:

premonición

El ruido y la furia serán sólo palabras que recordarás
la mañana siguiente a la partida de los animales
cuando el último cardo arrancado del parque esté seco
y preguntes si el Apocalipsis ha llegado
y no tengas respuesta
y te resulte difícil arrancar de tu memoria las tardes morosas
y la calidez de la fruta

El concreto se hará cal entre tus pies.
No habrá brisa salina, ni canto de sirenas
cuando el mar se haya secado
y el último pez haya muerto lejos de tus manos
y de tus dientes
y no habrá fruta jugosa con que manchar tu barbilla
ni quién que te espere, ni muslos que besar
la mañana siguiente a la fuga de todos los animales

La Luna no se habrá vaciado de luz todavía
y no se habrá acercado aún
cuando te hayas decidido a coger tus bártulos
para evadir el juicio
y el viento aún silbe entre tus cabellos

y te retiras a quién sabe dónde.

 

Toda la temática de la ciudad como una cartografía que propone interacción dirigida se refuerza en la apariencia de City: un desplegable en forma de mapa. Y después de abrir la colección de poesía de Tranvías Editores el sello de Cecilia Podestá, no hubo más noticias de su trabajo, ni nada, hasta que aparece Parque, a fines del año pasado. Desde el título podemos ver el centro de su travesía. Con la intensidad de una bitácora pero con la naturalidad de una huella, Parque muestra imágenes de una ciudad que, organizada a partir del encuentro, del choque y la tensión, suele esconder los vestigios de sus habitantes y sus heridas, como si las estuviera guardando donde no molesten y no interrumpan el ritmo vertiginoso de la vida. Parque es un libro más ambicioso, y más maduro, un libro que está dominado por juegos formales y visuales que buscan representar con exactitud los cuadros de esa ciudad-escenario que se nos presenta, con sorpresa, a veces en imágenes mínimas, a veces con inusitada y descriptiva intensidad. Los fuertes de este libro son la versatilidad de registros con que se salvan impresiones fundamentales, como lo mínimo de los paisajes interiores

 

descansa en un claro

i

mis alas rotas
mis perdidas facultades
mi historia cambiante
mi sol particular

o la necesidad de registrar algo definitivo en la intensidad de los momentos

 

In Nomine

¿pero qué pretendíamos?
solo escapar
de nuestra propia liviandad.

una vez más hemos sido traicionados

tu voz comenzaba a cobrar sentido
pero el olor del adobe, viejo, húmedo
era todo lo que nosotros podíamos permitirnos
(al final los recuerdos son determinados por olores)
jamás renunciaste a la voz,
pero callar era siempre lo más adecuado
fuimos criaturas huidizas tantas veces

cuando llegué a oirte, ya no tenías qué decir
pero cómo insististe

nustras calles eran tan viejas
convertir en polvo madre en testigo
una actitud tan común
pero para tí el miedo lo fue todo

ahora el temor me visita y no estás

[...]

nos separan tantas cosas
he visto a las personas con quienes crecí, tan serenas, tan hechas
tan listas para comenzar lo que tú postrgaste siempre
solo puedo reclamar mi tiempo, pero sé lo inútil que sería [...] (19-51).

Dominado por la intensidad amorosa, pero también por la fragmntación de imágenes e identidades que conviven en la voz del poemario, Parque nos presenta en sus dos secciones (El lugar del comienzo y Ellos) la versión más madura y más ampliamante desarrollada de una poética que persiste en el giro de la casualidad y en la reflexión sobre lo que los instantes sellan en la escritura. Se trata, desde luego, de una diversidad de certezas que buscan, de profundis, señalar con la precisión de la letra que el sentido de uno mismo radica en la subjetividad; o que (pese a los parques) no existe afuera.

(una llave tras los huesos)

Mi odio es como el viento que me abofetea,

Ciego a la necesidad, sordo a la súplica,

Dispersando mis palabras, entrecortadas,

Como ordenes lanzadas al temporal

Malcolm Lowry


nena no puedo conectar contigo

nena ¿no puedo conectar contigo?

¿hay alguien que pueda conectar?

Patti Smith


Yo que caminaba tanto para no cansarme

de renunciar a lo que nunca cambia,

ahora solo, pensando un poco menos 

en lo que nos espanta, en esos cuadros

que cortan el camino, y que no vemos:

 

el sol me trepanaba sin mirarme,

girando el corazón adentro, adentro,

mas no se puede renunciar a lo que está

constantemente yéndose y viniendo,

a lo que nos abrasa, y sin mirar las manos

se aleja blanco, del blanco descendiendo.

 

O cómo renunciarse, por ejemplo,

a ser el otro lado de la nada

o una luz sobre la puerta cerrada

que irrumpe en el destino y dobla el cuerpo

como si hubiera perdido la mirada

como si hubiera perseguido

una zona del cuerpo donde acaban

cerrando el descontento, aquellos sueños

que atacan cada cosa, en la mirada,

cantando como mágico secreto.

 

Así te atravesaste en mis palabras,

y nada que decir, que me quedaba,

yo estaba caminado, el tiempo al tiempo,

blandiendo allí una espada en el secreto,

apareciste —así como no ahora— de la nada

y aprendiste a dibujar sobre mis marcas

y borraste aquí los signos, el sendero,

y yo perdí las pistas en medio de la nada.

 

Era toda esa luz que se encuadraba

marcando el escenario, y no el recuerdo

que nubla la memoria y corre por el tiempo

y todo lo avasalla al deshacerlo,

sobre unas manos blancas ya trazadas

porciones de distancia en el cerebro,

la sensación de helarse, el mundo atento

al mundo que se alza entre sus muertos,

y deja los despojos, dos, nosotros,

el tiempo que nos une y la mirada

cercando el horizonte por adentro.

 

El horizonte descubre y no remece

lo que salta al escenario sin remedio:

ella silente y hablando, allí a lo lejos,

y yo para mi casa, que es ninguna parte,

y ella así imitando, lo que nunca acaba

está hecho para despedazarse

debajo de la tierra, o como un lirio

convertirse, o geranio en adelante;

pero yo no diré nada —estoy callando—

y las cosas que nos quedan, la batalla

se diluye sobre el blanco de su cuerpo,

su vestido y sus palabras, no recuerdo

lo que lleno con el blanco, solo quiero

lo que llevo entre las manos —una llaga—

soledoso como si el cuerpo quieto

sosteniendo dos palabras —cada nombre

que se corta en el silencio— dice algo

que traspase el elemento más humano

o una llave tras los huesos que guardamos

donde ella dice lento, o preguntaba

si es que acaso no era tarde para

arreglar los desencuentros, o arredrarse

entre pasos tan inciertos, como he dado

por andar sobre lo incierto y dibujando

lo que hablaba en nuestro invierno.

 

Pero yo no diré nada —en eso pienso—,

y los cuadros desenvainan sus señales

engastados sobre el cuerpo, allí sangrando

nuestros hilos sobre el norte, es tan difícil

procesar el horizonte sin mirarnos

o sangrar ya desde lejos —no sabemos—.

 

La agitación de la rueda nos señala

por aquí, que tantas veces nos veremos

—y dijiste mis palabras—, yo soñaba

con estirar los recuerdos, y así fue

que empezamos a girar; allí el viento

fue cubriendo nuestros cuerpos,

un milagro diluyó lo que quedaba

todo estaba en la distancia —me explicabas—,

porque ahora tan distantes, tan dispuestos

para decir en silencio, una palabra

o mejor silencio, silencio.


La multitud asciende hacia tu casa

Este es una parte correspondiente a una sección del nuevo libro que vengo escribiendo desde hace unos meses, provisionalmente titulado Canto de Invierno. Publicaré algunas secciones más del libro en las próximas semanas.

(la multitud asciende hacia tu casa/ presintiendo)

¿Y dejas, Pastor santo,

tu grey en este valle hondo, escuro,

con soledad y llanto;

y tú, rompiendo el puro

aire, te vas al inmortal seguro?

Fray Luis de León

La voz de la muralla

proyecta nuestras voces sobre el cielo,

escribe silenciosa nuestro rastro

girando sobre el mundo

y nuestros sueños:

la imagen que da vueltas nos hablaba

en ciénaga de cal e invernadero,

haciendo polvo el habla y acallando

el sino del dolor que escucha el viento.

Ya nadie nos espera en la montaña

unido a nuestros pasos, nadie espera

ni arredra entre las manos, el misterio

mitigando el dolor, aquello que no habla

y agita la memoria por adentro:

por ti que vives tras los cuerpos

detrás de las palabras

la multitud asciende hacia tu casa

presintiendo

no alcanza la esperanza

en estos tiempos

y el sol en la mirada

repite en la distancia

la huella que se borra en nuestros cuerpos

y ahora de la nada

arcadas por adentro

se quedan las palabras

vacías ya sin tiempo.

Mira la montaña iluminando

el rebaño de dios que está ascendiendo

saltando de las lindes a las lindes

la coda de camino más agreste

el ojo de la nada en que me observo.

Pensar que estaba solo presintiendo:

viniste aquí a posarse frente al ciego

que cree en tu mirada y sin embargo

no deja de girar sobre el desierto

poniendo allí tu pausa, en las palabras

que giran en su voz, como un espejo.

Los pies las manos nadan

en medio del sendero,

tu luz cuando apareces de la nada

reviste en el invierno

el cerco nebuloso del deseo

el agrio resplandor que en mí no calla,

la sal que nos recubre del comienzo

y sostiene de lo alto una palabra,

un cerco que divide lo terreno:

los pobres los incautos se distancian

llevando más allá

lo que no es nuestro,

la esfera que devora la esperanza

eleva sutilmente nuestros cuerpos,

los ojos y los pasos nos engañan

arrastran la corriente en el silencio

y yo que no poseo

más nada sobre el cieno

levanto la mirada presintiendo

una línea sobre el monte

es el ascenso

un hilo de señales

y proverbios

siguiendo lentamente lo que acallan

las horas de dolor sobre los huesos

y tú no dices nada de los cuerpos

ahora solo ladras

dejándonos postrados en tu templo

el cuerpo sobre el cuerpo inanimado

la carne la mirada decayendo

laberinto de señales advirtiendo

que puro tu rebaño en el ascenso

el sueño de caer desde lo alto

y cuan impune uno

se aprovecha del miedo

del vuelco de la calma

entre los sueños

y todo lo que ha sido

y lo que vemos

el limpio y simple cielo que contempla

como nos sucedemos.

Nude de Camel

Gracias a un buen amigo pude escuchar con bastante detenimiento el disco Nude (1981) de Camel. Se trata de una de las más importantes bandas de la escena progre, especialmente entre fines de los setenta y comienzos de los ochenta. El disco se compone de quince canciones:

1.- City Life
2.- Nude
3.- Drafted

4.- Docks
5.- Beached

6.- Landscapes

7.- Changing Places
8.- Pomp & Circunstances

9.- Please come home
10.- Reflections
11.- Captured
12.- The homecoming

13.- Lies

[The Last Farawell]
14.- The Birthday Cake
15.- Nude’s Return

Para grabar este disco, Camel estuvo integrada principalmente por Andy Latimer y Colin Bass, quienes ya estaban en el grupo desde proyectos anteriores, Guy LeBlanc teclados y Denis Clement batería. Como sucede mayormente en progre, el disco es sobre todo instrumental, aunque las canciones resaltadas en rojo tienen letras. Estas acompañan un poco la sensibilidad con que se desarrolla su tema central expuesto en los interiores del disco, que relata simbòlicamente la experiencia de un soldado llamado "nude" durante y después de la segunda guerra mundial. Aunque las letras articulan directamente una versión especialmente lírica y sensible de la experiencia que plantean los textos incluidos en el disco, el desarrollo musical de dicho proyecto trasciende la ambiciosa intención representativa del texto: letras como la de City Life, Drafted o Please Come Home sorprenden por su simpleza y confirman el exito de sus intenciones.

Sin embargo, en Progre hay algo que resulta mucho más importante. La impronta simbólica de Nude está organizada en torno a cinco grandes bloques de canciones, que tranquilamente pueden o deben ser oidos como un solo track cada uno, pese a las múltiples variaciones y fluctuancias melódicas. Justamente esta última palabra serviría para representar mejor el proyecto de Camel en este disco: hacer un album fundamentalmente melódico, que matizado por la irrupción de canciones complejas como las estupendas Docks y Beached para concluir la primera secuencia, y de otras en las que domina la percusión funcionando de enlace haga indispensable la impronta melódica que domina el disco, con lo cual es posible enfrentar mejor el drama de la incomunicación e imposiciónes que padecen los hombres del mundo contemporáneo, simbolizados en la imágen de Nude, el soldado que vuelve de un exilio involuntario, y antes de él, de una guerra que no se buscó padecer. Pese a las buenas intenciones, prefiero oir el disco antes que asumir el rollo que propone el texto de los interiores. Para quienes no han oido nunca progre, este disco puede tener un aire a Supertramp, solo que menos producido y masterizado, y sobre todo más melódico e instrumental.

Notas sobre poesía contemporánea y literatura